El valor de las lenguas

Hablamos del valor (o mejor aún de la valoración) lingüístico para referirnos a ese acto, a menudo inconsciente o irreflexivo, que nos lleva a emitir juicios sobre las lenguas. Pensemos un momento… ¿quién no ha dicho o escuchado aquello de que el chino es difícil? ¿que el mejor español es el que se habla en Colombia o en otro lugar? ¿o que tal persona, con ese acento que tiene, seguro que es de pueblo? Pero es que además, según sea nuestra lengua materna, la que aprendimos a hablar en primer lugar (si somos nativos de japonés, italiano o vasco) o formemos parte de una comunidad de hablantes u otra, las otras lenguas no nos suenan de la misma forma. Por eso a la mayoría de los norteamericanos el francés les parece “sexy” y a los que hablamos español el alemán nos suele sonar rudo y áspero. O no.

Así es como aparece en algunas definiciones lo que tradicionalmente se ha llamado ‘lengua materna’ y que, como otros muchos términos, se convierten en políticamente incorrectos. En este caso, además de no ser políticamente correcto es académicamente incorrecto, puesto que obvia el rol que otros agentes sociales e incluso del núcleo familiar tienen hoy en la transmisión intergeneracional de la(s) lengua(s).

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GENERALIZACIONES

Pero por encima de todo, opinamos sobre las personas, más que sobre la lengua que hablan: los británicos suelen parecer más serios, los andaluces simpáticos y los alemanes trabajadores. En este último caso veis claramente que estas generalizaciones se refieren a las nacionalidades y no a las lenguas. Y tenéis razón, pero pensad también que los estereotipos sobre el carácter de las personas que viven en Alemania son igualmente estereotipos sobre las personas que hablan alemán.

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Después de leer y pensar un poquito lo que acabamos de comentar, queda claro que valoramos lenguas en general, rasgos o características concretas de esas lenguas, pero también las personas que las hablan. Lo curioso es que, aún habiendo diversidad lingüística en el mundo desde la destrucción de la torre de Babel, y por lo tanto, multitud de juicios y valoraciones diferentes sobre las lenguas, no es hasta hace unos cuantos años que empezó a estudiarse de manera seria o científica. Veámoslo.

Así es como se explica la diversidad lingüística en el libro del Génesis 11-19. Cuenta que Yaveh bajó a la Tierra, “donde se hablaba una misma lengua” para ver la torre que estaban construyendo los hombres en su afán por llegar al cielo y estar siempre unidos. Enfadado, el Señor los dispersó por toda la tierra y puso confusión en el lenguaje, para que no se entendieran.

ESTEREOTIPOS LINGÜÍSTICOS

Contaba el profesor de psicología de la Universidad McGill de Montreal, Wallace Lambert que, un día del año 1950, iba en un autobús en medio de dos señoras, las que ocupaban los asientos delanteros y que hablaban inglés y otras dos señoras, las que estaban sentadas detrás hablando francés. Las señoras anglófonas, refiriéndose a las francófonas, comentaban en voz baja: “si yo no hablara la lengua del país, hablaría en voz baja”. A lo que su compañera le respondió: “Ya sabes cómo son”. Y es, precisamente, a ese “cómo son” a lo que se propuso responder el profesor.

Para ello grabó doce voces, seis en inglés y seis en francés. Luego reunió un grupo de personas para que las escucharan y les pidió que trataran de adivinar la personalidad de cada una de las personas a las que pertenecían esas voces. El truco residía en el hecho de que las personas que oían no sabían que sólo hablaban seis personas, perfectamente bilingües, y no doce personas diferentes. Los resultados mostraron que valoraban de forma completamente distinta la voz francesa de la inglesa, aún tratándose de voces procedentes de la misma persona bilingüe. Por ejemplo, cuando habló francés los oyentes consideraron que la persona debía ser más simpática, más fiable y más guapa que cuando habló inglés, que entonces la describieron como más inteligente, más formal y más ambiciosa.

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Lo que demostró esta técnica tan ingeniosa fue ante todo la fuerza de los estereotipos lingüísticos, pues una misma persona podía ser simpática hablando francés pero antipática si hablaba inglés. Estas valoraciones que todos los hablantes realizamos de manera inconsciente y que, por lo tanto no son accesibles de manera directa, se les conoce con el nombre de actitudes lingüísticas. El éxito de la técnica viene avalado por su difusión internacional y se ha aplicado en casi todos los rincones del mundo por su coherencia estadística, pues en la mayoría de estudios se descubrían los mismos valores. Si de las voces grabadas se deducía que sus hablantes eran cultos, guapos, urbanos, elegantes e inteligentes, entonces resultaba que esa lengua tenía prestigio socialmente y, sobre todo, era la que se oía en los medios de comunicación y la que se enseñaba en las escuelas. En cambio, cuando se calificaba a los hablantes de otra voz como simpáticos, alegres, abiertos y de pueblo, daba la casualidad que esa lengua no tenía ningún prestigio social, pues no se la consideraba útil ni para trabajar ni mucho menos para hablar en público.

Resumiendo, todos estos trabajos demostraron que, en general, todos los hablantes, seamos de una parte del mundo o de otra, valoramos las lenguas en torno a dos grandes dimensiones: el prestigio social y la solidaridad. Pero como podremos deducir después de todo lo que hemos contado, esos valores reflejan, en realidad, los desequilibrios y las desigualdades que existen en la sociedad. En la época en que Lambert ideó la técnica, a raíz de la anécdota del autobús, el grupo de anglófonos detentaba el poder político, económico y social, mientras que los francófonos se situaban en los estratos sociales más bajos. No es pues por casualidad que las señoras que hablaban inglés se creyeran con la suficiente autoridad para descalificar a otras señoras solo por el hecho de que hablaran francés.